Producto de la semana: Esponja Real Techniques
24 abril, 2018

Una gorda suelta en el gimnasio

Recuerdo la primera vez que entré a un gimnasio como si fuera ayer. Fue hace más de 10 años y había muy poca gente. Era de estos gimnasios pequeños, con pocas máquinas y que ofrecían diversas clases. Al no saber bien qué hacer (sigo siendo igual porque mi memoria es terrible y nunca me termino de aprender la rutina) intenté pedirle ayuda a un entrenador. Con mucha pena y un poco de miedo le pregunté al chico acerca de los ejercicios que podía hacer. Luego de verme de arriba a abajo con reprobación en sus ojos, me mandó a hacer cardio y me dijo que era la único que podía hacer para rebajar. No me indicó tiempos, tipo de ejercicios, nada, sino que prefirió dirigir toda su atención hacia otra chica (obviamente mejor “equipada” que yo) y dejarme parada allí. Creo que fui unas dos veces más y lo dejé.

Unos años después decidí volver a intentarlo en otro gimnasio, uno un poco más grande y me inscribí con mi mejor amiga. Recuerdo que estaba pasando por una depresión terrible, me habían quitado la vesícula y había rebajado unos 10 kilos ya por falta de apetito y náuseas constantes. Lo único que escuchaba era: “¡Qué bien te ves!”, “Has rebajado un montón”, “Te ves bella”, “¡Qué flaca estás!”. A pesar de mi depresión (o debido a ella), decidí aferrarme a estas afirmaciones y seguir en el camino del “bien”.

Cada vez que entrábamos al gimnasio, recibíamos miradas de reproche y hasta de burla. Sin embargo, con mi cabeza bien en alto, seguí yendo todos los días por el tiempo que pude. Teníamos el peor entrenador del universo, de esos que desaparecen siempre y nunca están atentos o siempre están hablando con los mujerones del gym, que además no te toman en serio e incluso llegan a hacer chistes sobre tu peso. Así que eventualmente también lo dejé.

A pesar de todo, siempre he preferido ir al gimnasio porque pagar me hace sentir obligada a ir y así no perder mi dinero. También me hace sentir más enfocada tener una rutina específica y poder seguir las instrucciones que me dan. Jamás he sido de estas personas que les gusta salir a caminar, a escalar montañas o a hacer ejercicios al aire libre. Sí desarrollé un amor especial por hacer yoga en el parque, pero las clases eran una sola vez por semana (igual siempre iba porque me mantenía centrada). Eventualmente, mi papá compró una caminadora para la casa y trataba de ejercitarme más seguido.

Unos meses antes de mudarnos a Lima, mi esposo y yo decidimos inscribirnos juntos en otro gimnasio. Nos tocó de nuevo un entrenador mujeriego y antipático, pero por suerte mi esposo sí se aprendió todas las rutinas de modo que no teníamos que hablar seguido con él. Las miradas burlonas jamás faltaron, pero creo que esa fue la vez que más duré inscrita en un gimnasio (y la vez que más asistí).

Un año después de mudarnos finalmente pudimos inscribirnos en un gimnasio cerca de la casa (los precios en Lima son una locura comparados con los de Venezuela). Ya cerca de cumplir un mes entrenando (y por fin puedo decir que nos tocó un entrenador GENIAL), decidí escribir este artículo porque sé que no soy la única que ha pasado por esto. Muchas nos sentimos juzgadas al ir al gimnasio, lo cual, a mi parecer, es lo más hipócrita que esas personas pueden hacer. Todas estas personas se llenan la boca diciendo que promovemos una imagen corporal negativa y que todos estamos enfermos hasta las metras, pero en cuanto nos ven haciendo un esfuerzo por mejorar, por estar saludables, lo único que saben hacer es burlarse. ¿Irónico, no?

A pesar de sentirme terrible los primeros días, decidí rápidamente no dejar que me afectara. Iba a entrar todos los días a ese gimnasio con la frente en alto y con una sola misión en mente: llevar un estilo de vida más saludable, sin darme mala vida, sin apuros, a mi ritmo, sin pensar en números y pesas, sin importarme las miradas que recibiera. Cada día me siento más motivada y con ganas de mejorar mi vida. Escucho música, bailo frente al espejo mientras hago pesas y me siento a hablar largo y tendido con el entrenador. ¿Quién lo diría? Espero poder seguir por este camino y quizás hasta motivar a otras personas a inscribirse nuevamente en el gimnasio y que puedan enfrentar sus miedos.

¿Has pasado por una situación similar? ¡Cuéntame tu historia en los comentarios!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *